Interpretación de Steffen A. Pfeiffer – Investigasteve
Se dice que el río Mandeo no solo serpentea entre los viejos muros de piedra y los húmedos y ocultos jardines de Betanzos. No, se dice que el río se susurra los años a sí mismo. El Puente Viejo, ese puente de piedra gris que no solo une dos orillas, sino que sirve de portal a una de esas historias que se cuentan en las tabernas al tercer vaso de Mencía, cuando la niebla se arrastra sobre el adoquinado, lleva allí una eternidad.
Los ancianos advierten a los niños (al menos así era en la era pre-influencer) que se mantengan alejados del centro del puente al anochecer. Porque allí, se dice, espera la Dama del Puente Viejo. Esta aparición es una figura de seda y oro. Y está tan entrelazada con el destino de la ciudad como la sal lo está con el Atlántico.
La historia de Elvira y Rodrigo
Comencemos la historia en el año 1467. Para Betanzos, aquel año fue un año gordo. Fue un año lleno de mercancías, señores nobles y peregrinos de pies cansados que iban desde Ferrol a Santiago de Compostela. En medio de este esplendor vivía la grácil Doña Elvira de Andrade. Era hija del Señor de Pontedeume. Si bien se alababa su bondad, también se cotilleaba sobre su supuesto corazón terco. Pues en lugar de pertenecer al noble conde con quien la habían prometido, su tierno corazón latía por Rodrigo.
Rodrigo era un inteligente molinero de la orilla del río, que olía a harina, a trabajo y, como no podía ser de otra manera, a agua de río. Su amor era puro, pero poco práctico, separado como estaba por las barreras de clase y la lógica obstinada de su familia.
Una tarde fresca de otoño, el río Mandeo creció sin previo aviso. Una crecida marrón y burbujeante se desbordó y amenazó con arrastrar la villa junto con sus miradores de madera. Mientras los aterrorizados habitantes recogían sus pertenencias presas del pánico, Elvira se situó en medio del puente, plantándose frente al agua. Una vez en posición, comenzó a cantar una antigua canción gallega con voz firme.
Cuenta la leyenda que su canto avergonzó y domeñó al río. Si fue un canto hermoso o más bien un graznido, la leyenda no lo menciona. Pero el agua retrocedió dócilmente como un perro de jardín regañado. Y Betanzos se salvó.
Sin embargo, el milagro exigió su precio: la corriente alcanzó a Elvira, y la profundidad del Mandeo se la tragó para siempre. Eso fue probablemente también una especie de retranca gallega del destino, que silenció para siempre el canto de una doncella – con posible talento vocal de urraca.
La aparición en el puente
Desde aquella noche, sin embargo, el espíritu de la otrora grácil Doña Elvira de Andrade regresa cada vez que amenaza una crecida. Ella se yergue en el Puente Viejo con su vestido de novia blanco y dorado, que nunca pudo lucir. Se dice que esta figura resplandeciente, visible al atardecer en la húmeda penumbra, extiende la mano con una moneda de oro en ella.
Sus palabras suenan siempre como un antiguo contrato: “Dame tu moneda, viajero, y te concederé un deseo.”
Quien se niega o regatea es envuelto por una niebla impenetrable; deambula en silencio hasta el amanecer, sin ningún recuerdo del camino. Hoy en día, uno podría llamarlo un tipo de laguna mental fantasmal, como la que solo permite el disfrute de diversos chupitos de Orujo Blanco. Pero quien le ofrece aunque sea una pequeña moneda de cobre, le concede un deseo – sanación, amor correspondido, prosperidad de la cosecha. Sin embargo, las cláusulas del mundo espiritual son estrictas: el deseo debe ser sincero y libre de interés propio. Quien desea con egoísmo es abandonado por la Dama – y el Mandeo brama esa misma noche con doble furia y fuerza.
La prueba de Lucas
Décadas después, un descendiente del molinero Rodrigo, llamado Lucas, subió al puente. Con una pesada bolsa llena de monedas, desafió a la Dama – no por humildad, sino por frío y calculador interés. ¿Su deseo “sincero”? Bueno, como probablemente confundió a la Dama con un djinn de Oriente, exigió una riqueza incalculable para sí mismo.
La Dama simplemente lo miró con tristeza y le dijo claramente que el verdadero tesoro no residía en el banco ni en la bolsa de dinero, sino en ese amor que una vez había salvado al pueblo. Y así, un denso velo lo envolvió. Cuando Lucas despertó a la mañana siguiente en la orilla, no había un cofre de oro a su lado, sino una pequeña caja de madera. En su interior había una antigua carta de amor de Elvira para Rodrigo, el antepasado de Lucas, y junto a ella una moneda con la inscripción: “El amor es más fuerte que el río.” Lucas lo entendió de inmediato, dejó de lado toda codicia y cambió su vida.
La leyenda vive
Hasta hoy, los betanceiros se cuentan en la noche de San Juan que el canto de Elvira sopla sobre las piedras. Para algunos, ella es la fiel guardiana de la ciudad; para otros, su espíritu solo espera aquel único acto de amor verdadero y desinteresado que la redima. Sin embargo, las monedas que a veces se encuentran en los pilares del Puente Viejo no son ofrendas de miedo, sino silenciosos recibos de gratitud. Y cuando el Mandeo vuelve a crecer, los ancianos murmuran: “Doña Elvira, te recordamos.” Y el agua parece, de vez en cuando, incluso obedecer.