La Costa da Morte, la costa de la muerte de Galicia, no debe su nombre únicamente al furioso Atlántico. Quien busque la verdad tras las nieblas bretonas y las fortalezas de granito comprobará que las tormentas más peligrosas se desataron en tierra firme, provocadas por hombres con mucho hierro en la sangre y demasiados títulos en el bolsillo. El Castelo de Vimianzo, un anillo de roca con cuatro torres, es más que un monumento arquitectónico; es una crónica pétrea de la vanidad humana, de la estupidez cronificada y de una farsa feudal sin parangón.
Cuando hoy deambulamos por sus muros, no vemos las cisternas ni las aspilleras, sino que contemplamos una gran obra de teatro medieval. El guion es de Shakespeare, el reparto es la alta aristocracia gallega, y los golpes de efecto brotan todos de la pluma de la realidad —o de la del autor alemán Kurt Tucholsky, si tan solo lo hubieran conocido en su día estos ambiciosos señores.

De sirenas, lobos y el problema del árbol genealógico
Comencemos con una pequeña lección de etiqueta aristocrática, muy al estilo de “National Geographic”, pero con un guiño. Toda familia respetable necesita, al fin y al cabo, una leyenda fundacional tan alejada de la realidad que resulte inevitablemente creíble. Los primeros dueños de Vimianzo, los Mariño de Lobeira, firmaron aquí una obra maestra. Su leyenda, inmortalizada en el Nobiliario del siglo XIV: la noble estirpe desciende de una sirena llamada Mariña, con quien el conde Froilán se casó llevándosela de la orilla del mar. ¡Una sirena como antepasada primigenia! ¡Qué delicioso desvarío! Tucholsky habría aplaudido: si ya se es noble, que sea con una sandez tan fantástica en el escudo de armas. Así, toda la posterior lucha por el poder queda reducida a una ridícula rencilla entre medio peces.
Pero la realidad fue más prosaica y sangrienta. A finales del siglo XIV, tras el cambio de gobierno a Enrique II de Trastámara, el poder de la antigua estirpe de los Traba se desmoronó. Era el momento de advenedizos hambrientos como los Mariño y, sobre todo, los Moscoso. Estos últimos, cuyo nombre nos acompañará como una sombra siniestra a lo largo de los siglos siguientes, no escribieron su historia con agua, sino con sangre. Su escudo de armas lo dice todo: una cabeza de lobo pardo grisácea, mostrando los dientes, cercenada sangrantemente a la altura del cuello. Los llamaban la “Sombra Negra” de los arzobispos de Santiago —y no era una exageración amable, precisamente.
El ascenso de los Moscoso es una lección de política de poder gallega. Comenzó con Rui Sanches de Moscoso (1402–1456), llamado “O Bravo” (El Valiente) y, algo menos halagador, “O Torto” (El Bizco o El Tuerto), pues perdió un ojo en una escaramuza. Un hombre que con un solo ojo veía más que todos los demás con dos. Su objetivo: dominar la Terra de Santiago, el enorme territorio feudal del arzobispado.
El arzobispo en la jaula de hierro
La confusión de competencias en la Galicia medieval era legendaria. El arzobispo de Santiago no era solo pastor de almas, sino también un poderoso señor feudal. En su territorio, el “Señorío de Santiago”, ni siquiera la justicia real podía perseguir delitos graves. Para eso existía el “Pertigueiro Maior” (Jefe de los Portadores de Bastón), un defensor secular del orden que, a su vez, juraba lealtad al arzobispo.
¿Y a quién nombró el arzobispo en 1441 como Jefe de los Portadores de Bastón? ¡A Rui Sanches de Moscoso! Un error que se vengaría amargamente. Rui y su clan aprovecharon su posición para infiltrarse en los bienes eclesiásticos.
Tras la muerte de Rui Sanches, su hijo Bernaldo Eáns de Moscoso († 1466) heredó el cargo y el rencor contra la autoridad eclesiástica. Bernaldo era el arquetipo del caballero audaz pero violento, un hombre que conocía el protocolo pero lo ignoraba siempre que le convenía. Cuando el nuevo arzobispo, Alonso II de Fonseca, llegó con altivez en 1464 y le negó a Bernaldo el lucrativo cargo de Pertigueiro Maior, se desató el infierno.
Lo que sucedió a continuación es una cumbre del absurdo del feudalismo europeo y un caso para los libros de historia de los escándalos: En julio de 1465, según relatan los cronistas, Bernaldo acechó al arzobispo en Noia y lo apresó —”prendiolo por la barba”—, ¡lo agarró por la barba y lo secuestró!
Destino de las vacaciones forzosas: los calabozos de Vimianzo y Mens. Pero Bernaldo no se conformó con una simple mazmorra. Humilló al altivo prelado encerrándolo durante la friolera de 28 meses en una jaula de hierro y exhibiéndolo públicamente por sus tierras.
Imagínense la escena: Durante dos años, el clan Moscoso comisarió una atracción de circo ambulante cuyo número principal era un arzobispo enjaulado. “¡El clérigo enlatado. Entrada 5 maravedíes! —lo que hoy equivaldría a unos 30 céntimos de euro y correspondía al jornal mínimo de un peón. ¡Vean cómo el alto señor reza y se lamenta mientras espera su rescate!”
Este incidente, atestiguado con detalle en los documentos del Preito Tavera-Fonseca, muestra todo el esplendor y la miseria de las relaciones de poder de la época. El arzobispo, retenido temporalmente en una chimenea en Vimianzo, en condiciones miserables, solo podía ser liberado por 500 doblas de oro —una suma inmensa, comparable a un “patrimonio neto” actual de unos 75 millones de euros o al equivalente de unos 4.500.000 maravedíes de entonces. Bernaldo Eáns no fue un héroe romántico, sino un brutal extorsionador que encerró el derecho divino de sus enemigos en el sentido más literal de la palabra.
¿Su final? También fue típicamente medieval. Durante el asedio de Santiago contra la madre del arzobispo (quien, a su vez, intentaba liberar a su hijo pagando el rescate), Bernaldo, seguro de sí mismo, se quitó la mentonera del yelmo. Un ballestero del arzobispo vio su oportunidad y le acertó con un virote en el cuello. Treinta días después, el Lobo de Moscoso estaba muerto. Una bala para el rey de la grosería. La moraleja de la historia: El poder es hermoso, pero la vanidad mata.

La hermandad de la bola de demolición
Pero antes de que la parentela de los Moscoso pudiera continuar sus contiendas, el pueblo gallego se hizo oír. Y no con una cortés petición, sino con hachas y furia. En 1467 estalló la Segunda Revuelta Irmandiña.
Los Irmandiños —los “Hermanos”— eran una abigarrada mezcla de campesinos, clérigos, burgueses e incluso baja nobleza, unidos por una cosa: estaban hartos de la tiranía, las rapiñas, la tortura y los interminables impuestos arbitrarios de los señores feudales. Su grito de batalla: “¡Abaixo as fortalezas!” —¡Abajo las fortalezas!
Como subrayarían aquí los historiadores: este fue un acto revolucionario de dimensión europea, 300 años antes de la toma de la Bastilla. Más de 130 castillos fueron reducidos a escombros, entre ellos la fortaleza de Vimianzo, recién reconstruida. Durante dos cortos y gloriosos años, la “Hermandad” reinó en Galicia. Los grandes señores, como Lopo Sanches de Moscoso, que acababa de regresar de Castilla, se escondieron en monasterios o huyeron a reinos vecinos.
Pero, como tantas veces en la historia, la alegría duró poco. La revolución devoró a sus hijos o, en este caso: la reacción feudal devoró a los revolucionarios. Con ayuda de tropas castellanas y portuguesas, los condes regresaron, vengativos y bien armados.
La ironía del destino, que un Kurt Tucholsky habría tenido que describir en su forma más cáustica, se manifestó en el castigo: ¡los rebeldes derrotados fueron obligados a reconstruir las fortalezas que habían destruido! De dos a tres días por semana debían realizar trabajos forzados, traer sus propios carros y bueyes y, encima, aflojar dos reales (aprox. 30 maravedíes) para pagar a los capataces. Un cínico monumento arquitectónico de la opresión: el castillo de Vimianzo, reedificado con el sudor y la furia de aquellos que lo habían derribado.

La huida hacia la inflación de títulos
Después de este episodio de unidad nacional (en la resistencia contra la autoridad), los Moscoso aprendieron la lección: Galicia era demasiado turbulenta. Era más inteligente vivir en la corte de los Reyes Católicos en Castilla, donde se coleccionaban títulos en lugar de lidiar con campesinos sublevados y arzobispos arrogantes. Rodrigo Osorio de Moscoso, el II Conde de Altamira (nombre del solar originario, situado cerca de Brión), fue el primero en tomar este camino.
Los satíricos de la edad moderna lo habrían llamado un idealista insensato: el “último caballero medieval”, de buena complexión, talentoso en música y poesía (su nombre figura en el Cancionero General de 1511), pero descontento con los “façer façañas” (realizar hazañas) de la época. Anhelaba aventuras y encontró la muerte en 1510 en el norte de África, no heroicamente en combate contra los moros, sino “de manera estúpida” por un accidente, cuando la flecha de un escudero le alcanzó en la pierna. Un final indigno para un Quijote que iba muy a la zaga de su tiempo.
A partir de entonces comenzó la gran ausencia. Los Condes de Altamira se convirtieron en “Grandes de España” y acumularon títulos hasta que el XIII Conde, Vicente Pío Osorio de Moscoso y Ponce de León, fue en el siglo XIX trece veces Grande de España y poseyó innumerables ducados, marquesados y condados. Una lista impresionante que demuestra que en la nobleza española lo principal era hacer la lista de las posesiones propias más larga que la del vecino.
Mientras el conde hacía ostentación en Madrid y atesoraba títulos, Vimianzo quedó atrás. Fue gobernado por meiriños (administradores) y alcaides (castellanos).
Las cargas del siervo (El detalle de la crueldad al estilo “National Geographic”)
Los documentos de esta época —verdaderos hallazgos para la investigación histórica— revelan toda la brutalidad del señorío. Muestran cómo los señores feudales, ausentes en su boato español, desplumaban hasta la camisa a sus tierras gallegas.
- La obligación de caza: Los vasallos debían “acudir y cazar” en la cacería del lobo. Quien no abatiera un lobo debía pagar igualmente un cordero añal o real y medio. Un claro caso de redistribución del riesgo: la aventura para el campesino, el tributo para el conde.
- La “Luctuosa” (Impuesto de defunción): El tributo más cruel. Cuando fallecía el cabeza de familia, la familia debía entregar al conde “la mejor cosa de cuatro pies que tuviere el difunto” —el mejor animal cuadrúpedo, ya fuera la mejor vaca, el mejor buey o el mejor caballo. Los cronistas habrían soltado aquí la pluma, pues semejante crueldad supera cualquier sátira. Las viudas quedaban en la ruina.
- La obligación de construcción: Los campesinos debían mantener en buen estado los calabozos, el puente y el molino de la fortaleza. Aportaban madera, piedra, carros y bueyes. A cambio, quedaban exentos de la “carcelaxe” (tasa de cárcel) si ellos mismos llegaban a ser encarcelados en el castillo. ¡Menudo negocio! Construyes tu propia prisión para poder residir allí gratis en caso de ser encarcelado. Al menos, en caso de condena, no se pagaba alquiler por el alojamiento. En cuanto a la comida —bueno, conformémonos con saberlo. No querríamos dar ideas tontas a los funcionarios modernos.
Así pues, Vimianzo no era solo un centro de administración y jurisdicción, sino también un lugar de extorsión permanente. Los meiriños recorrían la comarca, tomaban prisioneros, recaudaban los impuestos y, al amparo de los gruesos muros, se impartía la justicia de los señores, o lo que entonces se entendía por tal —una parodia del derecho y el orden. Y cualquier parecido con presidentes actuales es pura coincidencia.
El último acto: El estandarte de la libertad y el disparo de la historia
El castillo cambió de dueño en 1870, al ser vendido a la familia Martelo. El nuevo propietario, Evaristo Martelo Paumán del Nero, era un poeta romántico y anacrónico que idealizaba el ideal gótico medieval e inscribió a su propia familia, mediante la poesía, en la estirpe de los Moscoso. Un conmovedor intento de otorgar dignidad heroica a un presente profano.
Pero la historia aún tenía preparado un final que fue mucho más trágico que cualquier contienda entre nobles. En el año 1936, poco después del golpe militar que condujo a la Guerra Civil, el ayuntamiento de Vimianzo decidió “conquistar” simbólicamente el castillo. El 22 de julio de 1936, una multitud, encabezada por el alcalde José Alborés Gándara, asaltó las torres e izó cuatro banderas: la republicana, la socialista, la comunista y la de la UGT.
Fue un acto incruento y simbólico de liberación de la vieja tiranía. Las consecuencias, sin embargo, fueron terribles. Las tropas franquistas llegaron, arriaron las banderas y condenaron a los líderes por “actividades subversivas” a muerte o a una larga huida por los montes.
Así terminó la historia del castillo de Vimianzo: no con la gloriosa victoria de un caballero ni con la astucia de un conde, sino con la valiente pero trágica protesta de gente corriente cuyo único crimen fue buscar la libertad bajo viejos muros. La fortaleza que antaño sirvió de mazmorra para un arzobispo se convirtió en el escenario del último y sangriento levantamiento contra el poder autoritario.
Hoy, el Castelo de Vimianzo sirve como un lugar pacífico de cultura y memoria. Es un museo donde se pueden admirar el encaje de bolillos y la artesanía. Un suave epílogo para una historia marcada por lobos, arzobispos, sirenas y la eterna rencilla por el poder y los privilegios. El autor alemán Kurt Tucholsky probablemente habría dicho: La furia y la codicia de los poderosos pasan, pero la estupidez permanece —y el pueblo siempre ha de retirar los escombros.